jueves, 3 de mayo de 2012

Los intelectuales y la utopía, Alfonso Sastre

(Reseña de Pascual Serrano)

Mucho se ha escrito sobre el papel de los intelectuales. En esta breve obra es el dramaturgo Alfonso Sastre quien lo hace. Unas líneas de El viajero y su sombra, de Friedrich Nietzsche, dan pie al autor a mantener una sincera e intima conversación/confesión sobre sus principios y valores. Con quién mejor para confesarse uno ?sobre todo cuando no es creyente- que con su propia sombra. Y, como en cualquier confesión íntima, no evita los temas más controvertidos y polémicos. Aunque, hay que reconocerlo, Alfonso Sastre, nunca los ha evitado.

Comienza la obra denunciando, como no podía ser de otro modo, la legión de intelectuales que se presenta "públicamente muy celosos de su independencia y de su libertad; y en realidad es que generalmente coinciden su libertad y la ideología del Poder". Pero donde más lucidez y originalidad aporta Sastre es cuando aborda la cuestión del "terrorismo" y la "violencia". Nos explica por qué no suscribe "esos papeles en los que se condena la violencia terrorista en Euskadi". Nos recuerda que "se llama terrorismo a la guerra de los débiles y guerra al terrorismo de los fuertes", cuando en realidad "todas las guerras son terroristas". También dedica una parte de este breve libro a sus posiciones desde la militancia abertzale respecto al "nacionalismo": "Nosotros no somos [patriotas], ni de la españolidad ni de la esukaldunidad.

Pero sí entendemos y apostamos por el patriotismo de las pequeñas naciones que desean autogobernarse", "nosotros pensamos en la legitimidad de que los pueblos pequeños ansíen autogobernarse".

Pero lo que me parece más innovador de este texto es su dura crítica a "los intelectuales mundialistas, enemigos de las fronteras y de las banderas". Para Sastre el internacionalismo es una "noción que postula y desea y defiende la existencia y la variedad de las naciones (Inter.- nacionalismo, no anacionalidad)". No voy a afirmar yo, en lo que pretende ser sólo una reseña, que estoy de acuerdo con Alfonso Sastre ?tampoco lo contrario-, pero sí que es recomendable ?saludable incluso- leer sus planteamientos y análisis. Sobre todo, porque vienen de alguien a quien considero acreedor de todo mi reconocimiento ético y admiración rebelde. Como en tantas otras cuestiones, sólo desde la credibilidad que aportan las trayectorias personales adquieren valor las afirmaciones y las teorizaciones. Además, en los momentos en que vivimos de uniformidad del pensamiento, y no digamos de la letra escrita, propuestas tan irreverentes como las de Sastre son necesarias para conseguir la reflexión, algo más valioso y difícil de lograr que el aplauso.

Marca Sastre muy bien las distancias entre "nacionalismos y nacionalismos", apunta las "enfermedades del patriotismo": chovinismo, fascismo e imperialismo. Y no deja ninguna duda de las bases del "intelectual de izquierdas": "la desobediencia civil hasta el grado de la sedición", "la utopía revolucionaria, libertaria y socialista" y la búsqueda de la sociedad sin clases.

En conclusión, poco más de setenta páginas en pequeño formato para provocar la reflexión y la inquietud. ¿Acaso no es esa la primera obligación del intelectual? 


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Capitalismo y esclavitud, Eric Williams

Una sola idea recorre este libro: la esclavitud, promovida y organizada por los europeos en el hemisferio occidental entre los siglos XVI y el XIX, no fue un hecho accidental en la historia económica moderna. Antes bien, fue una pieza crucial en los primeros momentos de la formación del capitalismo mundial y del arranque de la acumulación en Gran Bretaña. Entre mediados del siglo XVI y la abolición en 1888 del tráfico en Brasil, más de 14 millones de personas, principalmente de África Occidental y el Golfo de Guinea, fueron arrancadas de sus comunidades de origen para ser deportadas a las colonias europeas de América. El «ganado negro» permitió impulsar lo que podríamos llamar la primera agricultura de exportación: la economía de plantación. Sin lugar a dudas, sin las riquezas de América y sin los esclavos y el comercio africanos, el despegue económico, político y militar de los Estados europeos, y especialmente de Gran Bretaña, hubiese quedado limitado a una escala menor; quizás definitivamente menor. La cuestión que despierta la lectura de estas páginas es por qué esta relación, por evidente que sea, sigue siendo todavía tan extraordinariamente desconocida. Eric Williams (1911-1981) es una de las principales figuras intelectuales y políticas de los movimientos de emancipación del Caribe. Investigación y militancia corren parejas en su biografía. Durante buena parte de los años treinta y cuarenta realizó sus estudios en Oxford y en la Howard University de Washington, la universidad negra por antonomasia de EEUU. En 1944 publicó finalmente el producto de más de diez años de estudio: Capitalismo y esclavitud. Posteriormente volvió a las Antillas Británicas, con el fin de animar los movimientos políticos de lo que acabaría por ser el Estado independiente de Trinidad y Tobago. Fue primer ministro de ese país entre 1956 y la fecha de su muerte.

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In girum imus nocte et consumimur igni - Guy Debord

 
"He aquí lo esencial: este público tan enteramente privado de libertad y que lo ha soportado todo, merece, menos que cualquier otro, ser manejado. Los manipuladores de la publicidad, con el tradicional cinismo de aquellos que saben que la gente es llevada a justificar las afrentas de las cuales no se vengan, le anuncian hoy, tranquilamente que "cuando se aprecia la vida, se va al cine". Pero esta vida y este cine son ambos poca cosa; y es en esto que son indistintamente intercambiables". 

 


Dossier Asamblea Antirepresiva Madrid, VV.AA.


DOSSIER ASAMBLEA ANTIREPRESIVA EN MADRID

El escritor Eduardo Galeano indica que vivimos en tiempos del miedo global: "Los que trabajan tienen miedo a perder el trabajo. Los que no trabajan tienen miedo de no encontrar nunca trabajo. Quien no tiene miedo al hambre tiene miedo a la comida. La democracia tiene miedo a recordar y el lenguaje tiene miedo a hablar. Los civiles tienen miedo a la policía , los militares a la falta de armas, las armas tienen miedo a la ausencia de guerras. Es tiempo de miedo. Miedo a la ausencia de vallas, miedo al tiempo sin relojes, miedo a la libertad. Miedo a la noche sin somníferos, miedo al despertar sin píldoras, miedo a la multitud, miedo a la soledad, miedo a no poder comprar sin visa, miedo a la vida sin intermediarios.” El temor esta en el centro de muchas dinámicas sociales y políticas: miedo a ser despedido por apoyar a unos y no a otros, miedo a decir lo que uno piensa verdaderamente, miedo a estar en contra o a favor, miedo si no se acatan las órdenes aunque sean abusivas e injustas... El pánico se ha convertido en el lenguaje dominante que refleja y explica lo que está pasando, vivimos en la época de los traficantes del miedo...

En épocas pasadas, el ser humano tenía miedo a cuestiones concretas: guerras, hambrunas, catástrofes. Hoy en día, el horror es más difuso, líquido. Si uno pregunta a un ciudadano medio sobre las consecuencias finales de la crisis económica, pocas personas pueden concretar su temor: todos desconfiamos de lo que sucede, pero no podemos concretar a qué tenemos miedo exactamente. Sin embargo, en el mundo actual, los traficantes del miedo utilizan la táctica del amedrentamiento para conseguir sus oscuros fines. En un mundo de imperio económico, oscuros fines es un eufemismo de grandes beneficios económicos. El miedo difuso, es la raíz contra la que debemos combatir en primer lugar para que una huelga tenga éxito, para que dejen de fabricar armas, para que los Estados dejen de tener el monopolio de la violencia y de las guerras . La única cosa de la que debemos tener miedo es del propio miedo. Debemos comprender el origen del miedo, el uso de él por el poder, cómo responder a él, como afrontarlo y cómo vivir sin miedo... Y solo entonces quizás podremos entre todos construir el mejor de los mundos posibles.

El pensamiento de Castoriadis (2 Vols.)

 

El 26 de diciembre de 1997 murió el filósofo y psicoanalista Cornelius Castoriadis. En nuestro país la muerte de Castoriadis -como su existencia y su filosofía- pasó casi desapercibida. Pero, dirán algunos, ¿por qué habría que tomar en cuenta su muerte y, sobre todo, su filosofía? Después de todo, ¿quién fue Cornelius Castoriadis? Pese a radicar en París nunca sonó entre los fenomenólogos ni entre los existencialistas, tampoco fue estructuralista o posestructuralista -ni siquiera puede colocarse al lado de los posmodernos, aunque algunos lo quisieran asimilar a esta corriente por su tentativa posmarxista. Aunque ciertamente partió del marxismo, la filosofía de Castoriadis no puede ser entendida como una variante más del “marxismo occidental” por su radical ruptura con los supuestos esenciales que comparten todas las corrientes marxistas. De hecho, la originalidad del pensamiento de Castoriadis impide el fácil expediente de encajarlo dentro de algunas de las tendencias principales de la filosofía de este siglo. Sin embargo, continuarían los objetores, si ese supuesto “pensamiento original” del tal Castoriadis es prácticamente desconocido en los circuitos académicos, ¿no será, justamente, porque no fue tan original ni tan importante? ¿Realmente habría que tomar en cuenta su muerte y su filosofía? ¿Acaso tuvo la talla de un Husserl o un Heidegger, jugó un papel como el de un Sartre o un Lukács? ¿Llevó a la crítica filosófica hasta donde la colocaron un Wittgenstein, un Popper o un Adorno? ¿Fue acaso tan importante como lo es Habermas en las ciencias sociales? ¿Es tan actual como Vattimo o Lyotard? Si en verdad nos lamentamos por el desconocimiento de la filosofía de Castoriadis en nuestro país, como es el caso, entonces no podemos eludir este tipo de cuestionamientos –las objeciones que podrían oponer filósofos acostumbrados a sacralizar autores, a rumiar textos de la historia de la filosofía o a navegar en las corrientes de las modas intelectuales. Tal vez sea necesario, entonces, contrastar el proyecto filosófico de Castoriadis con otros pensamientos de este siglo para destacar su importancia. Sin duda esta diferenciación resultará desconcertante para un pensamiento que, encerrado en la academia, se dedica a “interpretar” textos y autores, sin tomar posición respecto a las interrogaciones que discute la verdadera filosofía. El pensamiento de Castoriadis, en todo caso, es un buen correctivo para tales prácticas estériles.[SEGUIR LEYENDO]

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